Y dándole vueltas al asunto, me da por pensar que uno de los cánceres inmisericordes que se está comiendo a este paÃs es el número de "servidores" públicos.
Siempre fue exagerada y desastrosa la burocracia, que lleva en su propia etimologÃa la explicación de su inoperancia —"gobierno desde las oficinas" podrÃamos traducir—. Sabido es que gobernar desde el escritorio aleja al gobernante hasta hacerle confundir la realidad con la cortedad de miras que proporciona un despacho. Cruel paradoja: cuanto más grande el despacho, más pequeña la perspectiva de la realidad.
Y si entre el gran despacho y la gente de la calle existen miles de pequeños despachos que alojan incondicionales, paniaguados, estómagos agradecidos y demás, el asunto se pone horrible.
La burocracia es un gigante amorfo, lento, desproporcionado, inmovilista, rutinario, opaco, ineficaz y despilfarrador de tiempo, dinero, conocimiento, valores y recursos.
Ya dijo PÃo Baroja: "La burocracia en los paÃses latinos (¡coño, nosotros!) parece establecida para vejar al público".
Y el Ãndice más alto reside no en la cantidad de trabajadores públicos por oposición, sino en la miriada de jefes, subjefes, asesores, delegados, supuestos técnicos, etc., todos ellos de la rama polÃtica, todos puestos por obra y gracia de quien gobierna, que llevan a cabo los farragosos pasos administrativos establecidos también desde más altos despachos. Es decir que la burocracia empieza desde arriba, se instala en los mandos medios y termina por ser aplicada, sin posibilidad de aligerarla, por los funcionarios de a pie. A partir de ahà no les queda a los ciudadanos otra cosa que sufrirla ¡y pagarla!
Visto lo visto, este engranaje lento y perverso es necesario sobre todo para que los partidos coloquen a sus amigos, familiares o partidistas a ultranza. Se dice mucho ahora, y con razón: Los partidos se han convertido en grandes agencias de colocación, sin necesidad de aprobar oposiciones, de tener estudios especÃficos, de lucir experiencia en según qué campos. Para algún experto que ocupa un puesto, la mayorÃa son detentados sin más mérito que el de haberse movido bien dentro del partido que sea, apoya sin fisuras a sus lÃderes, tener un familiar o un amigo en el poder o haber lamido el culo a quien sea. Esto que ya pasaba en la Roma imperial —nihil novum sub sole—, ahora se multiplica en España hasta el disparate.
Cuando hablamos de que sobran polÃticos, nos estamos refiriendo sobre todo a estos elegidos "a dedo" que engordan la burocracia, además de a la ingente cantidad de senadores (sobrarÃan todos), de congresistas estatales y autonómicos (un 50% serÃa más que suficiente) de diputaciones que, dadas las transferencias autonómicas, se vuelven innecesarias y aún pretenden justificar por la desidia de las comunidades.
Eso sÃ, para reducir son imprescindibles cambios en la mismÃsima Constitución y en la legislación electoral para que los que se queden no sean los del bipartidismo sino que esté bien organizado, con la proporción adecuada, y sin que el voto de un nacionalista o de un partidario de PP o PSOE valga hasta tres veces más que el de algunos otros partidos, como ahora ocurre.
Está claro que los beneficiados, que son tantos, no están por la labor, pero es una reforma pendiente desde hace siglos que ahora se ha vuelto ya imprescindible.
Como suele decirse: "Demasiados jefes para tan pocos indios". No sólo es torpe y lenta la burocracia, también nos está saliendo carÃsima. O acabamos con ella o ella terminará con nosotros.


